Soy del gran montón que despierta en los momentos críticos
de un sueño. Sea por un susto en el caso de las pesadillas, o antes de la
resolución en los sueños más placenteros.
A veces abro los ojos y olvido todo ante la visión del reloj
y el comienzo de la rutina diaria de ir al baño, higienizarse y borrar no solo
ojeras sino también cualquier rastro del sueño que hacía unos minutos nos
desvivíamos por concluir.
Durante el día algún suceso puede recordarme algo, pero en
líneas generales cuando no me dedicó a recordar, olvido.
Mis sueños favoritos son los vividos, esos en que uno es
consciente y puede controlarse a su antojo. Pienso que en ese estado la memoria
puede conservarlos mejor.
No creo que sea casual. Con los sueños reales (a los que prefiero llamar "metas") sucede lo
mismo. Mientras más se controlen y trabajen, más se conservará de ellos para
vivir al despertar.
¿Cuántas veces hemos abierto los ojos y olvidado de nuestras metas
ante la visión de un reloj?
“¡No aprobaré la materia! ¡No bajaré de peso! ¡No me
recibiré! ¡Nunca podré!”
Aunque el reloj varíe entre ser nuestra propia exigencia o la
de los demás, siempre parece imponer una dosis de realidad que amarga la parte
soñada.
Todo suele ser muy bonito en nuestra cabeza hasta que nos
damos cuenta que estamos fantaseando demasiado. Entonces fallamos y el susto nos despierta.
Las metas son una receta compleja que pocos chefs de la vida
cocinan correctamente. La mayoría de nosotros hacemos menjunjes, nos frustramos
y los tiramos a la basura. Ignoramos por completo el proceso que conlleva
aprender.
Para cocinar una meta hay que tener una parte de soñador,
una de planificación y una última de realidad. El resto es ensayo y
error.

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