martes, 9 de febrero de 2016

Depresión.exe

Imagina a tu cerebro como una gran computadora (cosa que para mí no es totalmente falsa). Ahora imagina que esta computadora está funcionando mal y que, cada tanto, pega algunos chispazos, sube o baja la tensión, se le queman algunos componentes, de pronto se apaga, se sobrecalienta, se enlentece, se tilda.

En pocas palabras, una computadora que cada día está peor y juega en la cuerda floja ante la inmensa posibilidad de explotar y terminar en la basura.

Por si no sonaba lo suficientemente bonito, ahora imagina que los componentes necesarios para arreglarla se salen por completo de tu presupuesto. Al ser una importante herramienta de trabajo no tienes como opción no usarla, cambiarla o lo que sea. Porque es una sola, tu cerebro es uno solo.

Entonces, con el sabor de la resignación sobre la lengua, dejas pasar el tiempo y tratas de hacer que se esfuerce lo menos posible. Evitando exigirle, dejas de instalar programas, cuidarla de virus, jugar y navegar hasta llegar a ni siquiera encenderla, actualizarla o pasarle un plumero. Sabes que un día se apagará, pero cada vez te importa menos porque ya no la usas, solo ocupa espacio y no sirve para nada.

Las actualizaciones pasan y lentamente las computadoras de todos a nuestro alrededor parecen ser infinitas veces mejores que la nuestra. Para colmo no siempre contamos con un amigo que nos empuje un tiempo o un técnico que vea en nuestra computadora una posibilidad y se juegue por ello. A veces ni siquiera un préstamo interesado.

Por lo que sin el dinero y recursos para los componentes, lo último que queda por hacer es auto-generarlos. Nuestra última carta requiere poner en funcionamiento lo poco que nos queda emparchado bajo todo ese polvo, tomar el mouse como un timón y navegar hasta el final.

¿Pero qué pasa cuando sabes que no hay tiempo y que el lapso que llevará comprar tan solo uno de decenas de componentes, es más extenso que el que le queda a la computadora entera de vida?

Depresión. Soy una computadora rota.


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