Imagina a tu cerebro como una gran computadora (cosa que
para mí no es totalmente falsa). Ahora imagina que esta computadora está
funcionando mal y que, cada tanto, pega algunos chispazos, sube o baja la
tensión, se le queman algunos componentes, de pronto se apaga, se
sobrecalienta, se enlentece, se tilda.
En pocas palabras, una computadora que cada día está peor y
juega en la cuerda floja ante la inmensa posibilidad de explotar y terminar en
la basura.
Por si no sonaba lo suficientemente bonito, ahora imagina
que los componentes necesarios para arreglarla se salen por completo de tu
presupuesto. Al ser una importante herramienta de trabajo no tienes como opción
no usarla, cambiarla o lo que sea. Porque es una sola, tu cerebro es uno solo.
Entonces, con el sabor de la resignación sobre la lengua,
dejas pasar el tiempo y tratas de hacer que se esfuerce lo menos posible.
Evitando exigirle, dejas de instalar programas, cuidarla de virus, jugar y
navegar hasta llegar a ni siquiera encenderla, actualizarla o pasarle un
plumero. Sabes que un día se apagará, pero cada vez te importa menos porque ya
no la usas, solo ocupa espacio y no sirve para nada.
Las actualizaciones pasan y lentamente las computadoras de
todos a nuestro alrededor parecen ser infinitas veces mejores que la nuestra. Para
colmo no siempre contamos con un amigo que nos empuje un tiempo o un técnico
que vea en nuestra computadora una posibilidad y se juegue por ello. A veces ni
siquiera un préstamo interesado.
Por lo que sin el dinero y recursos para los componentes, lo
último que queda por hacer es auto-generarlos. Nuestra última carta requiere
poner en funcionamiento lo poco que nos queda emparchado bajo todo ese polvo,
tomar el mouse como un timón y navegar hasta el final.
¿Pero qué pasa cuando sabes que no hay tiempo y que el lapso
que llevará comprar tan solo uno de decenas de componentes, es más extenso que
el que le queda a la computadora entera de vida?

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